2.11.10

Nunca se te dio bien dejar a las chicas

Llevaba ya tiempo sospechando que su marido le ponía los cuernos, pero le asustaba tanto la idea de perderlo que se había cerrado ante cualquier evidencia de ello. Mientras siguiera ocupándose de los niños como siempre y aparentando ser una buena pareja, a ella le daba igual que sus viajes de negocios fueran cada vez más largos y las conversaciones entre ellos más cortas. Después de todo, ella no había dejado de quererlo ni un momento y era incapaz de imaginarse cómo sería la vida sin él, aun sabiendo que hacía años que ya no lo tenía realmente y que llegaría un día en el que él le pondría los papeles del divorcio delante o volvería a quererla y harían como si no hubiera pasado nada. Así que no se sorprendió demasiado cuando lo vio con las maletas en la puerta.
– Nunca se te dio bien dejar a las chicas, pero pensé que al menos te despedirías de Daniel y Charlotte.
Por lo visto, había conocido a alguien y se iba con ella a Baltimore. Mandaría dinero todos los meses e iría a Nueva York un par de días en las vacaciones para ver a los niños, ya que, según él, eso sería más fácil para ellos que estar cambiando de manos continuamente.
– Seguro que encuentras un hombre que sea mejor padre que yo. Ya sabes, nunca me gustaron mucho los niños – le dijo.
– ¿Es eso lo que quieres que les diga cuando les explique por qué no te ven? ¿Porque no te gustan los niños? ¡Eres su padre, Bill, ellos sí te tienen que gustar!
– Christine, por favor...
Recordó entonces lo difícil que era discutir con él, siempre empeñado en tener la razón aunque supiera que no la tenía. Así que no dijo nada más y se quedó allí, sentada en el brazo del sofá, viendo cómo el chico que a los veintitantos había prometido no dejarla, la dejaba.