– Nunca se te dio bien dejar a las chicas, pero pensé que al menos te despedirías de Daniel y Charlotte.
Por lo visto, había conocido a alguien y se iba con ella a Baltimore. Mandaría dinero todos los meses e iría a Nueva York un par de días en las vacaciones para ver a los niños, ya que, según él, eso sería más fácil para ellos que estar cambiando de manos continuamente.
– Seguro que encuentras un hombre que sea mejor padre que yo. Ya sabes, nunca me gustaron mucho los niños – le dijo.
– ¿Es eso lo que quieres que les diga cuando les explique por qué no te ven? ¿Porque no te gustan los niños? ¡Eres su padre, Bill, ellos sí te tienen que gustar!
– Christine, por favor...
Recordó entonces lo difícil que era discutir con él, siempre empeñado en tener la razón aunque supiera que no la tenía. Así que no dijo nada más y se quedó allí, sentada en el brazo del sofá, viendo cómo el chico que a los veintitantos había prometido no dejarla, la dejaba.